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Aquellos eran en verdad inviernos muy crudos

La nieve

Enero de 2013

  • Codesal (foto de Javier Alonso)
  • Codesal (foto de Javier Alonso)

Aquellos eran en verdad inviernos muy crudos. Su crujido aún restaña bajo el maderamen del ‘subrao’. Sobre el río congelado pasa eternamente un carro de bueyes cargado de melancolía. Los vecinos se ayudan para abrir túneles bajo la nieve con el fin de salir de casa a los pajares, al corral o a la fuente. Las chimeneas borbotean un humo valiente que se recorta en el limpio cielo azul.

Hombres y mujeres, reunidos al amor de la lumbre, muestran su miedo a que el peso de la nieve derrumbe alguno de los tejados más viejos. De los aleros cuelgan ya enormes chuzos en punta. Una anciana recuerda chuparlos como la más rica de la golosina.

En el monte escasea la comida. Únicamente relucen las bayas rojas del acebo. Una mano anónima echa trigo y pan en la ventana a los ateridos y ahora confiados mirlos, petirrojos, colirrojos tizones, lavanderas, gorriones, pinzones… Otra mano clandestina, o quién no dice que la misma, abre un cepo en lo más profundo de la carballeda. Ahora un tiro despierta el oído de la guardería. El cazador pasa a convertirse en presa. Se cuelga la escopeta al hombro y la liebre a la cintura. Ya definitivamente es él quien corre y sus huellas recientes las perseguidas. Con suerte llegara a las calles de su pueblo, donde su rastro se perderá entre otras muchas pisadas.

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